martes, septiembre 30, 2008

Jesús: imagen viva del amor del Padre

Este obrero de manos callosas, llamado Jesús de Nazaret, no es solamente un hombre de cualidades excepcionales. No es sólo un líder a quien seguir; eso sólo no entusiasmaría demasiado. Él es el Amor hecho vida humana; Dios convertido en hombre por Amor a los hombres. Jesús le dio a Dios un rostro humano. Es Dios a nuestro alcance. Es Dios que viene a ofrecernos con los brazos abiertos todos sus dones. Si el hombre fue creado “a imagen de Dios” (Gén 1,27), Cristo es “la ima­gen de Dios” (2 Cor 4,4; Heb 1,3). Él es nuestra gran esperanza.

Para “entender lo que Dios, en su bondad, hizo por nosotros” (1 Cor 2,12), es necesario que nos envíe su Espíritu, para que nos abra la in­teli­gencia y el corazón. Por eso es oportuno comenzar esta parte con una oración. Y para ello nada mejor que hacerlo de la mano de Pablo: Pido que tengan ánimo: que se afiancen en el amor para que... logren penetrar el secreto de Dios, que es Cristo. Pues en él están encerradas todas las riquezas de la sabiduría y el entendimiento. (Col 2,2-3)

Que Cristo habite en nuestros corazones por la fe, y enraizados y cimentados en el Amor, seamos capaces de comprender, con todos los creyentes, la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del Amor de Cristo, que supera a todo conocimiento, para que quedemos colmados de toda la plenitud de Dios. (Ef 3,17-19)

“TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO, QUE LE DIO SU HIJO ÚNICO”

Jesús es Hijo de Dios
El ángel Gabriel le dijo a la joven María: Alégrate tú, la Amada y Favorecida!, porque has encontrado el favor de Dios. Vas a quedar embarazada y dará a luz a un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús... El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder divino te cubrirá con su sombra; por eso tu Hijo será Santo y con razón lo llamarán Hijo de Dios...; porque para Dios no hay nada imposible. (Lc 1,28-37)

Casi nadie se enteró en aquel instante de este hecho extraordinario de que Dios venía ya de camino para vivir entre los hombres. Dios entró en el mundo sin hacerse propaganda. Un tío de María, llamado Zacarías, padre de un niño que más tarde sería Juan el Bautista, ex­clamó lleno de gozo, al enterarse de la noticia: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y liberado a su pueblo: nos ha dado un Salvador… según sus antiguas promesas… Todo será por obra de la tierna bondad de nuestro Dios, que nos ha traído del cielo la visita del Sol que nace, para iluminar a los que están en tinieblas y en oscuridad de muerte, y para guiar nuestros pasos por los caminos de la paz. (Lc 1,68-69. 78-79)

En diversas ocasiones, cuando Jesús ya se dedicaba a la predica­ción, Dios Padre lo reconoció como a su Hijo: Este es mi Hijo Amado, al que miro con todo cariño. A él han de escuchar. (Mt 17,5; 3,17)

Esta creencia fue recogida y transmitida por los apóstoles, especial­mente por Juan: Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Único. (Jn 3,16)

No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados: en esto está el Amor. (1 Jn 4,10)

Verdaderamente, si no fuera porque lo hemos convertido en rutina, sería para quedarnos en admiración permanente, locos de amor, al darnos cuenta de la grandiosidad y la grandeza del Amor de Dios hacia los seres humanos. Ya no son solamente regalos y dones suyos los que nos cubren por todos lados. Es el mismo Dios el que se nos entrega en su Hijo. Ese Jesús, del que hemos admirado su entrega total a los hombres, es Dios mismo dándose sin medida.

Es el resplandor de la Gloria de Dios y en él expresó Dios lo que es en sí mismo. (Heb 1,3)

Los hombres somos duros de corazón para creer en el Amor que Dios nos tiene. Y como para convencernos, el mismo Dios se rebaja a ser nuestro servidor, a ponerse de rodillas delante nuestro, a morir con los brazos abiertos, sangrándose por Amor. Darnos cuenta y creer que ese Jesús maravilloso es Dios, debiera ser suficiente para cambiar toda nuestra vida comprometiéndonos a seguir sus huellas en la tierra.

Es el enviado del Padre
Jesús llegó a tener una conciencia clara de que el Padre le había enviado al mundo con la misión concreta de ser testigo de su Amor. La fidelidad a la voluntad del Padre será siempre el lema de su vida.

Sepan que no vengo por mi mismo. Vengo enviado por el que es la Verdad. Ustedes no lo conocen. Yo sí que lo conozco, porque soy de él y él me ha enviado. (Jn 7,28-29)
Nada hago por cuenta mía: Solamente digo lo que el Padre me enseña. (Jn 8,28)

El Padre que me envió me encargó lo que debo decir y cómo decirlo. Por mi parte yo sé que su Mensaje es Vida Eterna. Por eso tengo que hablar y lo enseño tal como me lo dijo mi Padre. (Jn 12,49-50)

Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y cumplir su obra. (Jn 4,34)

“YO Y MI PADRE SOMOS UNO MISMO”

Jesús es Dios
Jesús no solamente es el enviado de Dios, sino el mismo Dios hecho Hombre. Hay una unidad indisoluble entre el Padre y el Hijo. Jesús es el mismo tiempo verdadero hombre y verdadero Dios. Escuchemos sus propias palabras: Yo y mi Padre somos uno mismo. (Jn 10,30)

El Padre está en mí y yo estoy en el Padre. (Jn 10,38)

Todo lo que tiene el Padre también es mío. (Jn 16,15)

Cualquier cosa que haga el Padre, la hace también el Hijo. (Jn 5,19)

El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en el que me ha enviado. (Jn 12,44)

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre… Créame: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. (Jn 14,9. 11)

El propio Jesús, sabiendo que su respuesta podía acarrearle la con­dena a muerte, lo afirmó oficialmente ante las autoridades religiosas de su tiempo: El jefe de los sacerdotes le dijo: Yo te ordeno de parte del verdadero Dios que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús le respondió: Así es; tal como acabas de decir. (Mt 26,63-64)

La oración de Jesús
Como consecuencia lógica de esta vida de íntima unión entre el Padre y el Hijo, podemos afirmar que Jesús tuvo una profunda y au­téntica vida de oración. Sabía recibir con extrema sensibilidad los de­seos del Padre, y respondía fielmente a su voluntad. Cuando más el Padre se le comunicaba, tanto más Jesús se entrega a él.

Jesús no vio con claridad desde el comienzo lo que el Padre quería de él. Ni cuál era su verdadera personalidad. Pero según lo iba viendo, se entregaba con toda generosidad.

Los Evangelios dicen con frecuencia que Jesús se retiraba a orar a solas con su Padre (Mt 14,23; Lc 9,18), aun en casos en que todo el mundo le estaba buscando (Mc 1,35-37). Otras veces lo hace acompa­ñado, normalmente cuando iba a hacer algo importante (Lc 3,21; 9,18.28-29; 11,1). Le gustaba orar en contacto directo con la natura­leza, principalmente en las alturas: Se fue a un cerro a orar y pasó toda la noche en oración con Dios. (Lc 6,12)

Jesús sabe que el Padre le escucha siempre (Mt 26,53): Te doy gracias, Padre, porque has escuchado mi oración.

Yo sé que siempre me oyes. (Jn 11,41-42)

Pide con toda confianza por la fe de Pedro (Lc 22,32), por sus discí­pulos y los que después creerán en el él (Jn 17,9-24), y aun por los mismos que le crucificaron (Lc 23,34). Su corazón se eleva en seguida, agradecido al Padre, cuando descubre su acción en medio de los hom­bres, como el caso en que agradece la revelación del Padre a la gente sencilla (Mt 11,25-26).

Jesús tuvo momentos de duda y de angustia. Tuvo miedo a la muerte. Pero nunca se cortó el hilo de la fe en su Padre. Le ruega an­gustiosamente que le libre del tormento ignominioso de la cruz, pero sin rebeldías, siempre dispuesto a cumplir la voluntad del Padre: Papá, Padre: Para ti todo es posible; aparta de mí esta prueba. Pero no: no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. (Mc 14,36)

En la cruz hasta llegó a sentir la sensación angustiosa de que el Padre le había abandonado (Mt 27,46). Pero no perdió el contacto y la fe en Dios, pues con toda confianza añade: Todo está cumplido. (Jn 19,30)

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23,46)

Aun en las pruebas más grandes, Jesús estuvo siempre centrado en Dios. Unido a él y penetrado por él: El que me envió está conmigo, y no me deja nunca solo. (Jn 8,29)

Creemos que Jesús es Dios
Creer que ese hombre Jesús, del que hemos hablado en la primera parte, es el mismo Dios viviendo en medio de nosotros es, ante todo, un problema de fe. No vale la pena empeñarse en “demostrar” la divinidad de Jesús. La fe no es una ciencia puramente humana. Es un don gra­tuito de Dios. Y, por consiguiente, lo único que pretendemos es pro­fundizar y vitalizar esa fe que hemos recibido del mismo Dios, ya que desde el comienzo este libro está dedicado a las personas de buena vo­luntad, conscientes de su pobreza interior, que tienen sus esperanzas puestas en Cristo Jesús.

Los discípulos de Jesús, durante un largo período de estima y de admiración por él, fueron comprendiendo poco a poco que su Maestro, tan profundamente humano y entregado a los demás, tenía que ser ne­cesariamente Dios. De otra manera no tenía sentido su forma de ser y de obrar. Así lo expresaron ellos en diversas ocasiones: Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios. (Mt 14,33)

Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios que vive. (Mt 16,6)

Esta fe inicial se clarificó más después de la resurrección de Jesús (Hch 8,37; 13,33). Entonces los apóstoles predicaron con toda clari­dad “que Jesús es el Hijo de Dios” (Hch 9,20). Pablo resumió en una frase maravillosa la vida cristiana de su tiempo y de todos los tiempos: Vivo con fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. (Gál 2,20)

¿Cómo es posible que un hombre sea Dios? Los teólogos han estu­diado y discutido mucho este tema, y casi han creído resolverlo, aunque usando palabras rara, que por desgracia no están al alcance del pueblo. Pero la mejor respuesta quizá sea la que el ángel dio a la Virgen María: Para Dios nada hay imposible. (Lc 1,37)

Es un problema de fe en Dios, que es Amor (1 Jn 4,8), y para el Amor no hay nada imposible. Dios-Amor se convirtió en un ser humano histórico llamado Jesús, que es al mismo tiempo Dios y hombre, sin perder nada de Dios, ni de hombre.

Ésta fue siempre la creencia de los cristianos. Ya en el año 325, en un Concilio de los obispos de entonces, realizado en Nicea, se dijo que “Jesús es Hijo de Dios, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero del Dios verdadero, nacido, no creado, de la misma substancia del Padre”. Y en otro Concilio de obispos reunidos en Calcedonia, durante el año 451, dijeron oficialmente: “Uno y el mismo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, es perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, ver­daderamente Dios y verdaderamente hombre.”

Los cristianos no creemos en un Dios alejado e intocable, que vive en las alturas de su cielo, ajeno a los problemas de los hombres. Es un Dios bueno, que se hizo pequeño, se hizo historia, prodigó su Amor en­tre nosotros tomando nuestra condición humana, y se entregó a nues­tro servicio hasta el extremo de la muerte. Él personalmente nos enseñó los caminos del Amor. Los hombres solos no hubiéramos creído que Dios se podía acercar tanto a nosotros.

EL AMOR SABE PERDONAR

Jesús vino a ofrecernos el perdón de Dios
Vino al mundo dispuesto a hacer un nuevo pacto de amistad con los hombres. En mi libro anterior, “DIOS ES BUENO”, vimos un poco de historia del Amor entre Dios y su pueblo según lo cuenta el Antiguo Testamento. Dios siempre estaba dispuesto a perdonar al que se le acercaba con humildad. Nunca se cansó de perdonar la infidelidad del pueblo. Prosiguiendo adelante esta historia de perdón, Jesús vino per­sonalmente a ofrecernos de nuevo, de forma absoluta, la misericordia y la fidelidad de su Padre Dios.

Toda la vida de Jesús, como hemos visto, es un acto de amistad ha­cia los hombres. Su entrega total a los demás es la prueba palpable de que Dios está dispuesto a perdonar siempre. Jesús insiste muchas ve­ces, con su palabra y su comportamiento, para que nos convenzamos de la bondad de Dios hacia todo nosotros. Y sella este su mensaje cen­tral derramando su sangre. Cristo Jesús es el perdón visible de Dios a los hombres, el Cordero que murió para borrar nuestros pecados (Jn 1,29) y sanarnos con sus llagas (1 Pe 2,24).

Ya es difícil encontrar a alguien que acepte morir por una persona justa. Si se trata de un hombre realmente bueno, quizás alguien se atreva a morir por él. Pero Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. ¡Qué prueba más grande de Amor de Dios por nosotros! (Rom 5,6-8)
Dios, de manera gratuita, nos regala su perdón y su amistad, porque Cristo Jesús nos ha rescatado. (Rom 3,24)

Nos perdonó todas nuestras faltas. Canceló nuestra deuda y nuestra condenación…; la suprimió clavándola en la cruz de Cristo. (Col 2,13-14)

Las comparaciones del perdón de Dios
Jesús se esfuerza por convencernos de que Dios es un Padre que goza en perdonar. Como ejemplo, nada mejor que sus comparaciones de la oveja perdida y la del padre del hijo derrochador: Si uno de ustedes pierde una oveja de las cien que tiene, ¿no deja las otras noventa y nueve en el campo para ir en busca de la per­dida hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, muy feliz, la pone sobre los hombros, y al llegar a su casa, reúne amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido. Yo les declaro que de igual modo habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que cambia su corazón y su vida, que por novena y nueve justos, que no tienen necesidad de conver­tirse. (Lc 15,4-7)

El otro caso contado por Jesús es como para hacer rebozar el corazón de esperanza: n hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: Padre, deme la parte de la propiedad que me corresponde. Y el padre la repartió entre ellos. Pocos días después, el hijo menor reunió todo lo que te­nía, partió a un lugar lejano y allá malgastó su dinero con una vida desordenada. Cuando lo malgastó todo, sobrevino en esa región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. Entonces se puso a pensar: ¿Cuántos trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, y yo aquí me muero de hambre. Volveré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra Dios y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo, tráteme como a uno de tus siervos. Y levantándose, se puso en camino hacia la casa de su padre.

Cuando todavía estaba lejos, su padre le vio y sintió compasión, co­rrió a su encuentro y le abrazó. Entonces el hijo le dijo: Padre, pe­qué contra Dios y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a su servidores: Rápido, tráiganle la mejor ropa y póngansela, colóquenle un anillo en el dedo y zapatos en los pies. Traigan el ternero más gordo y mátenlo; comamos y alegrémonos, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo he encontrado. (Lc 15,11-24).

No necesitan comentario estos dos casos contados por Jesús. La ale­gría y generosidad de ese padre son un reflejo del Amor del Padre Dios hacia sus hijos pecadores. Estos dos ejemplos llenan de esperanza a to­dos los que nos sentimos pecadores. Ciertamente la bondad de Dios para con los hombres es sin medida.

Jesús sabe perdonar
Vivió con los hechos lo que predicó con sus palabras, acerca del per­dón del Padre Dios. Dijo él:
Yo no he venido a condenar el mundo, sino a salvarlo. (Jn 12,47)

No son las personas sanas las que necesitan médico, sino las enfermas. He venido no para llamar a los buenos, sino para invitar a los pecadores a que se arrepientan. (Lc 5,31-32)

Perdonó los pecados de toda persona de corazón arrepentido que en­contró a su paso, como ocurrió con una mujer adúltera (Jn 8,11) o un paralítico que le llevaron (Mc 2,5-11). Hasta supo excusar y perdonar a los que le ajusticiaron (Lc 23,33). Y, lo que es más importante, derramó su sangre como signo evidente del perdón del Padre: Esta es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por la muchedumbre para perdón de los pecados. (Mt 26,28)

La muerte de Cristo es, por consiguiente, el sello del pacto definitivo de paz entre Dios y los hombres. Cristo Dios puso al mundo en paz con él. (2 Cor 5,19)

Por Cristo quiso reconciliar consigo todo lo que existe, y por él, por su sangre derramada en la cruz, Dios establece la paz, tanto sobre al tierra como en el cielo. (Col 1,20)

Desde entonces Cristo Jesús es esperanza para todos los que nos sentimos infieles al Amor de Dios. Así lo entendió Juan, el amigo íntimo de Jesús: Hijitos míos, les escribo para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos un Abogado ante el Padre: Jesucristo, el Justo. Él es la víctima por nuestros pecados, y por los pecados de todo el mundo. (1 Jn 2,1-2)

DIOS ES FIEL

Jesús es el sello de la fidelidad de Dios
Como estamos viendo, Jesucristo es el sello definitivo de la fidelidad de Dios, tan largamente proclamada por los profetas en el Antiguo Testamento. Él es el Siervo Fiel de “el Dios que jamás miente” (Tit 1,2).

Por él son mantenidas y llevadas a la práctica todas las antiguas pro­mesas de Dios: Cristo se puso al servicio de los judíos, para cumplir las promesas que Dios hizo a sus antepasados, y enseñar que Dios es fiel. (Rom 15,8)

Todas las promesas de Dios han pasado a ser en él un “sí”. (2 Cor 1,20)

Pues Dios es digno de confianza cuando hace alguna promesa. (Heb 11,11)

Por medio de Jesús ha llegado a la cumbre la fidelidad de Dios; n él todo es Amor y Fidelidad… En él estaba toda la plenitud de Dios. Y todos recibimos de él una sucesión de gracias sin número. a Dios nos había dado la Ley por medio de Moisés, pero el Amor y la Fidelidad llegaron por Cristo Jesús. (Jn 1,14.16-17)

Afortunadamente, como ya habían repetido tantas veces los profetas en el Antiguo Testamento, la fidelidad de Dios no depende de nuestra fidelidad a él. Si algunos no fueron fieles, ¿dejará por eso Dios de ser fiel? ¡Ni pensarlo! Sino que más bien se comprobará que Dios es la Verdad, mientras que todo hombre es mentiroso. (Rom 3,3-4)

Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede desmentirse a sí mismo. (2 Tim 2,13)
Su fidelidad es nuestra esperanza.

Como veremos más adelante (núms. 14 y 15), la fidelidad de Dios en el Amor es el fundamento del optimismo a toda prueba que debe disfru­tar el que tiene fe en Cristo. La fe en un Dios que nos quiere a todos los hombres por igual y nunca nos va a fallar, es la mayor fuerza que puede entrar en nuestro corazón para comprometernos en la empresa de construir la verdadera hermandad. Por muchos fracasos que haya de por medio, apoyados en su Palabra, podemos reanudar siempre de nuevo el camino de la justicia, la unidad y la paz verdaderas. Si cree­mos en Cristo Jesús, él nos dará fuerzas para amar y triunfar junto a su lado: Él mismo los vas a mantener hasta el fin… Dios es fiel: no les faltará, después de haberles llamado a vivir en comunión con su Hijo, Cristo Jesús nuestro Señor. (1 Cor 1,8-9)

Sigamos profesando nuestra esperanza, sin que nada nos pueda conmover, ya que es digno de confianza aquél que se comprometió. (Heb 10,23)

Veremos más profundamente este tema cuando hablemos de la fe y la esperanza en Cristo.
Autor:

José Luis CaraviasCristo, nuestra esperanzaEl Amor de Dios según el NT
http://www.mercaba.org/Cristologia/XTO_esp_caravias_07.htm
El Señor les bendiga

El Señor les bendiga

jueves, septiembre 25, 2008

Dios con nosotros

En Jesús se cumplen todas las promesas de amor que Dios había hecho a su pueblo. Cada vez Dios se iba acercando más a los hombres. Ahora, “en la plenitud de los tiempos” (Gál 4,4),

Dios se hace uno de nosotros; se compromete hasta lo último con la raza humana a través de Jesús, a quien el profeta Isaías había profetizado como “Dios con no­so­tros” (Is 7,14; 8,10).

Sepan que una virgen concebirá y dará a luz a un hijo, al que pondrán el nombre de Manuel, que significa: Dios con nosotros.(Mt 1,22)

Trataremos de estudiar a través de la Biblia quién es este Jesús, Dios con nosotros, en quien depositamos nuestra esperanza.

1. “Se hizo uno de nosotros”
Dios no se presentó en la historia como un liberador prepotente, ni como un gran señor, que desde las alturas de su comodidad, ordena la liberación de los esclavos. Él bajó al barro de la vida, se hizo pequeño y conoció en carne propia lo que es el sufrimiento humano:

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, el cual nació de mujer y fue sometido a la Ley. (Gál 4,4)

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.(Jn 1,14)

Él que era de condición divina no se aferró celoso a su igualdad con Dios. Sino que se aniquiló a sí mismo, tomó la condición de esclavo, y se hizo en todo igual a los demás hombres, como si fuera uno de nosotros. (Flp 2,6-7)

Se hizo en todo semejante a sus hermanos. (Heb 2,17)

Siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza, (2 Cor 8,9)

Hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores. (Mt 8,17)

Fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero a él no le llevaron al pecado. (Heb 4,15)

Compartió las privaciones de los pobres
¿En qué consiste este hacerse uno de nosotros? ¿Hasta qué grado Jesús compartió nuestras debilidades y nuestras penas?

Según un dicho popular, el amor hace iguales. Y este amor gran­dioso e increíble de Dios hacia los hombre le hizo bajar hasta lo más profundo de nuestra humanidad. Compartió la vida del pueblo sencillo de su tiempo. Vivió, como uno más, la vida escondida y anónima de un pueblito campesino. Sus penas y sus alegrías, su trabajo, su sencillez, su compañerismo; pero sin nada extraordinario que le hiciera aparecer como alguien superior a sus compueblanos.

Su madre, María, una chica de pueblo, buena, sencilla, de corazón grande y con una inmensa fe en Dios. Su padre adoptivo era el carpin­tero del pueblo. Y como hijo de gente pobre, muy pronto, en el mismo hecho de su nacimiento, conoce lo que son las privaciones de los po­bres. Comienza por no tener ni dónde nacer. Ellos tenían su casita, pero “por órdenes superiores” no tuvieron más remedio que hacer un largo viaje para “arreglar sus papeles”. Las autoridades querían hacer un censo para cobrar impuestos, y cada persona tenía que ir a anotarse al pueblo de origen de su familia (Lc 2,1-5). Y así, aunque María estaba por dar a luz, cerraron su casita de Nazaret, y se pusieron tres días en camino hasta llegar a Belén, el pueblo de sus antepasados. Así, Jesús llegó a ser partícipe de las graves molestias que con frecuencia las fa­milias pobres tienen que sufrir para cumplir los caprichos de los pode­rosos.

En Belén no encuentran parientes que los reciban. Ni tampoco hay lugar para ellos en la posada pública, lo mismo que en tantos pueblos no hay alojamiento para los pobres que no tienen con qué pagar. Los padres de Jesús no tuvieron más remedio que ir a cobijarse en una cueva, donde alguien guardaba sus animales. Y allá, en algo así como un chiquero o una caballeriza, nace Jesús. Su primera cuna es una ba­tea donde se da de comer a los animales (Lc 2,7). ¡Qué bajo bajó Dios! El Amor le hizo compartir el nacimiento ignominioso de los más pobres del mundo.
Compartió el dolor de los emigrantes
Pronto tuvo que sufrir otro dolor humano que sufrieron y siguen su­friendo millones de personas: el dolor de los emigrantes. El egoísta Herodes tuvo miedo de que aquel Niño fuera un peligro para sus privi­legios, por lo que mandó matar a todos los recién nacidos de la zona, con la esperanza de eliminar así a Jesús, al que ya desde el principio intuyó como enemigo. Los padres de Jesús tuvieron que huir al extran­jero para escapar de la dictadura sangrienta del tirano (Mt 2,13-18). Así Jesús compartió la prueba de la persecución política y el destierro. Y el dolor de todos los que por diversas causas se ven obligados a emi­grar a tierras extranjeras, lejos de los suyos, sus costumbres y su idioma.

Una vez muerto Herodes, sus padres le llevan a Nazaret (Mt 2,19-23), donde estuvo hasta llegar aproximadamente a los treinta años. Allá vivió la vida de un joven pueblero de su tiempo. Iría a la escuela apenas los primeros años (Jn 7,15). Pronto sus manos sentirían el mordisco del trabajo. En los últimos años, muerto José, tuvo que hacerse cargo de su madre viuda. Casi no conocemos estos primeros treinta años de Jesús, pues compartió la vida de un hombre común y corriente. No es ningún personaje importante. Pertenece al pueblo anónimo del que nada se sabe. Entra lentamente en la maduración que exige todo des­tino humano. Y cuando comienza a hablar a su pueblo, lo hace sin salir del mismo pueblo.

Fue un obrero
¿En qué trabajó Jesús? Los de Nazaret le llamaban “el hijo del car­pintero” (Mt 13,55) o sencillamente “el carpintero” (Mc 6,3). Un pueblo pequeño no da para que un carpintero viva sólo de este oficio. Y menos en aquella época en la que no se usaban sillas, mesas, ni camas al es­tilo nuestro.

Un carpintero de pueblo es un hombre habilidoso, que sirve para todo. Es al que se le llama cuando algo se ha roto en casa o cuando se necesita un favor especial. Jesús estaría verdaderamente al servicio de todo el que necesitase de él. Igual trabajaría con el hacha o con el se­rrucho. Entendería de albañilería; sabe cómo se construye una casa (Mt 7,24-27). Y sin duda alguna trabajó muchas veces de campesino, pues el pueblo era campesino. Conocía bien los problemas de la siembre y la cosecha (Mc 4,3-8. 26-29; Lc 12,16-21). Aprendería por propia expe­riencia lo que es salir en busca de trabajo, cuando las malas épocas dejaban su carpintería vacía; él habla de los desocupados que esperan en la plaza sentados a que un patrón venga a contratarlos (Mt 20,1-7). Habla también de cómo el patrón exige cuentas a los empleados (Mt 25,14-27). O cómo “los poderosos hacen sentir su autoridad” (Mt 20,25); él también la sintió sobre su propias espaldas.

Puesto que el pastoreo es uno de los principales trabajos de la re­gión, seguramente Jesús fue también pastor. En su forma de hablar demuestra que conoce bien la vida de los pastores, cómo buscan una oveja perdida (Lc 15,3-6), cómo las defienden de los lobos (Mt 10,16) o cómo las cuidan en el corral (Jn 10,1-16). Le gustaba llamarse a sí mismo “el Buen Pastor” (Jn 10,11).
Un hombre sencillo
Su forma de hablar es siempre la del pueblo: sencillo, claro, directo, siempre a partir de casos concretos. Su porte exterior era el de un hombre trabajador, con manos callosas y cara curtida por el trabajo y la austeridad de vida. Casa sencilla y ropa de obrero de su tiempo. Participó en todo de la forma de vida normal de los pobres.

Supo lo que es el hambre (Mt 4,2; Mc 11,12), la sed (Jn 4,7; 19,28), el cansancio (Jn 4,6-7; Mc 4,37-38), la vida insegura y sin techo: Los zorros tienen su madriguera y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene ni dónde reclinar su cabeza. (Mt 8,20)

Él conoció bien las costumbres de su época, señal de total encarna­ción en su ambiente. Es solidario de su raza, su familia y su época. Sabe cómo hace pan una mujer en su casa (Mt 13,33), cómo son los juegos de los niños en la plaza del pueblo (Lc 7,32), cómo roban algu­nos gerentes en una empresa (Lc 16,1-12) o cómo se hacen la guerra dos reyes (Lc 14,31-33). Habla del sol y la lluvia (Mt 5,45), del viento sur (Lc 12,54-55) o de las tormentas (Mt 24,27); de los pájaros (Mt 6,26), los ciclos de la higuera (Mt 13,28) o los lirios del campo (Mt 6,30).

¡En verdad que Dios se hizo en Jesús “uno de nosotros”! ¡Y nadie tiene más derecho a decir esto que los pobres del mundo!

2. “Compartió nuestras penas”
Sufrió nuestras dudas y tentaciones

En la vida del hombre hay mucho de dolor y sufrimiento interior; de dudas, de angustias, de tentaciones. Jesús también quiso compartir to­dos nuestros sufrimientos interiores. Así puede entendernos y ayudar­nos mejor: Se hizo en todo semejante a sus hermanos para llegar a ser el Sumo Sacerdote que pide por ellos el perdón, siendo a la vez compasivo y fiel en el servicio de Dios. Él mismo ha sido probado por medio del sufrimiento; por eso es capaz de venir en ayuda de los que están sometidos a la prueba. (Heb 2,17-18)

Nuestro Sumo Sacerdote no se queda indiferente ante nuestras debilidades, ya que él mismo fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero a él no le llevaron al pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza a Dios, que nos tiene reservada su bondad. (Heb 4,15-16)
Sufrió las mismas pruebas que nosotros, las mismas tentaciones, las mismas angustias. Sus dolores psicológicos fueron los nuestros.

Todavía jovencito, de doce años, tuvo que sentir el dolor de dar un mal rato a sus padres, para poder seguir los impulsos interiores de su vocación de servicio a su Padre Dios (Lc 2,43-49).

A veces sintió la duda de cuál debía de ser el camino a seguir para cumplir la misión que el Padre le había encomendado. Es la angustia de todo hombre que se plantea en serio la vocación de su vida. Estas du­das están concretadas en las “tentaciones” de Jesús.

Sintió la tentación de la comodidad.
De dejar aquella vida tan aus­tera, tan absurdamente sufrida, y ponerse, por consiguiente, en un tren de vida más de acuerdo con su dignidad, de manera que pudiera rendir más (Lc 4,3-4).

Sintió la tentación del poder.
De pensar que quizás con las riendas del mando en las manos iba a poder cumplir mejor su misión. Y no con esa vida de un cualquiera, lejos de toda estructura de poder (Lc 4,5-8).

Sintió la tentación del triunfalismo.
De pensar que a todo aquello había que darle bombo y platillo, una buena propaganda, un buen equipo de acompañantes y acontecimientos llamativos, que dejaran a todos con la boca abierta. Pero mezclado siempre entre el pobrerío y con unos pescadores ignorantes como compañeros no iba a conseguir gran cosa… (Lc 4,9-12).

Jesús supo vencer estas tentaciones de mesianismo político. Y está dispuesto a ayudarnos para que nosotros las venzamos también.

Conoció lo que es el miedo
El liberador del miedo supo también lo que es el miedo. Algunas ve­ces se sintió turbado interiormente. Más de una vez deseó dar marcha atrás y dejar aquel camino, estrecho y espinoso, que había emprendido.

Sintió pánico ante la muerte, hasta el grado de sudar sangre. Pero ha­biendo sentido el mismo miedo al compromiso que sentimos nosotros, él no se dejó arrastrar y no dio jamás un paso atrás. Siempre se man­tuvo fiel a la voluntad del Padre: Me siento turbado ahora. ¿Diré acaso: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme con todo esto! (Jn 12,27)

Comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: Siento una tristeza de muerte; quédense ustedes aquí velando conmigo… Padre, si es posible, aleja de mí este trago amargo; pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. (Mt 26,37-39)

Es conmovedor ver a este Jesús tan profundamente humano, que no esconde sus sentimientos más profundos como si se tratara de una debilidad inconfesable.

Se sintió despreciado
Hay un dolor especial que sienten con frecuencia los pobres en su corazón: el sentirse despreciados por ser pobres. Jesús también sintió este dolor del desprecio. Pues los doctores de la Ley no creían en él por­que era un hombre sin estudios (Jn 7,15), oriundo de una región de mala fama (Jn 1,6; 7,41.52). Y la misma gente de su pueblo no creía tampoco en él, porque pensaban que un compañero suyo, trabajador como ellos, no podía ser el Enviado de Dios. Todos le conocían nada más que como el hijo de José el carpintero (Lc 4,22-29). Sus propios parientes le tuvieron por loco, por no querer aprovecharse de su poder de hacer milagros (Mc 3,21). El mismo pueblo llega a pedir a gritos su muerte y lo pospone a Barrabás, “que estaba encarcelado por asesinato” (Mt 27,16-21).

¡Que lo crucifiquen!… ¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes! (Mt 27,23-25)

Y ya en la cruz sufrió las burlas de la gente que pasaba (Lc 23,35), de los soldados (Lc 23,36-37) y aun de uno de los que eran ajusticiados junto con él (Lc 23,39). Con razón dijo Juan que vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron. (Jn 1,11)

A veces se cansó
Jesús también sintió la pesadumbre del desaliento y el cansancio. Aquellos hombres rudos, que había elegido como compañeros, nunca acababan de entender su mensaje. Y él, a veces, se sintió como cansado de tanta rudeza e incomprensión: ¿Por qué tiene tanto miedo, hombres de poca fe? (Mc 4,40)

¡Gente incrédula y descarriada! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes y tendré que soportarlos? (Lc 9,41)

Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe? (Jn 14,9)

Y ante la incredulidad de los judíos, que le piden una señal mila­grosa para creer en él: ¡Raza mala y adúltera! Piden una señal, pero no verán sino la señal de Jonás. (Mt 16,4)

Jesús se siente como desalentado ante el poco caso que muchos ha­cen a sus palabras (Jn 12,37s).
Este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y taponado sus oídos, con el fin de no ver, ni oír, ni de comprender con el corazón; no quieren convertirse, ni que yo los salve. (Mt 13,15)

¡Jerusalén, Jerusalén! Tú matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía. ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, y tú no lo has querido! (Mt 23,37-38)

Sufrió persecuciones
Otro dolor de todo el que toma en serio un compromiso por sus hermanos es el de la persecución. Jesús la sufrió en todas sus formas: calumnias, control policial, prisión, torturas y muerte violenta.

Las calumnias que sufrió fueron graves y especialmente dolorosas para su corazón. A él, que es la Verdad, se le acusó de mentiroso (Mt 27,63), embaucador del pueblo (Jn 7,47). Al Santo se le acusó de gran pecador (Jn 9,24), de blasfemo (Jn 10,33), que hacía prodigios por arte diabólica (Lc 11,15). Lo tomaron por loco (Jn 10,20; Lc 23,11). Dijeron de él que era un samaritano (Jn 8,48), o sea, un enemigo político y re­ligioso de su pueblo. Y así pudo ir viendo con dolor cómo la gente se dividía y se apartaba de él (Jn 7,12-13; 10,20-21).

Sintió la tensión sicológica de sentirse vigilado y buscado para to­marle preso (Jn 7,30-32. 44-46; 10,39; 11,57). A veces tuvo que escon­derse o irse lejos (Jn 12,36). Él sabía muy bien que si continuaba su entrega desinteresada a los demás con la claridad y sinceridad que lo hacía, su vida acabaría violentamente. Así lo declaró varias veces (Mt 16,21; 17,12; 17,22-23; 20,17-19).

Les digo que tiene que cumplirse en mi persona lo que dice la Escritura: Lo tratarán como a un delincuente. Todo lo que se refiere a mi llega a su fin. (Lc 22,37)

Supo en carne propia lo que es un apresamiento con despliegue de fuerzas policiales (Mt 26,47-55); lo que son las torturas, los apremios ilegales, los juicios fraudulentos, los testigos falsos (Mt 26,57-69; 27,11-50); y, por fin, una muerte ignominiosa, bajo la apariencia de le­gali­dad. Las autoridades religiosas le condenaron por querer destruir el templo (Mt 26,61), por blasfemo (Mt 26,65), por malhechor (Jn 18,30), por considerarlo un peligro para la nación (Jn 11,48-50). Las autorida­des civiles, por querer alborotar al pueblo, oponerse a la autoridad de los romanos y tener ambiciones políticas queriéndose hacer nombrar rey (Lc 23,2-5.14; Jn 19,12). Todo pura calumnia. Tergiversaron to­tal­mente sus palabras y sus intenciones.

Supo lo que es la soledad
Otro dolor profundo que sufrimos con frecuencia las personas es el dolor de la soledad. Jesús también pasó por esta prueba. Se daba cuenta de que según caminaba en su línea de testimonio y exigencia de amor, cada vez se iba quedando más solo. Las grandes multitudes de los primeros tiempos de predicación fueron disminuyendo poco a poco. De forma que llegó el momento en que preguntó entristecido a los discí­pulos: ¿Acaso ustedes también quieren dejarme? (Jn 6,67)

La noche anterior a su muerte sintió necesidad pavorosa de verse acompañado por sus amigos más íntimos. Pero éstos se durmieron. Y Jesús se quejó tristemente: ¿De modo que no han tenido valor de acompañarme una hora siquiera? (Mt 26,40)

Y al ser apresado quedó totalmente solo. Todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. (Mt 26,56)

Días antes él ya había previsto esta prueba: ¿Ustedes dicen que creen? Viene la hora, y ya ha llegado, en que se irán cada uno por su cuenta y me dejarán solo. (Jn 16,31-32)

Fue traicionado
La soledad se hizo más dolorosa al final de su vida, en cuanto que tuvo sabor a traición.
El que come el pan conmigo, se levantará contra mí… Uno de ustedes me va a entregar… (Jn 13,18.21)

Y así fue. Judas Iscariote le vendió por el precio de un esclavo: treinta monedas (Mt 26,14-16). Y tuvo la desvergüenza de saludarlo como amigo cuando iba a entregarlo. Jesús le protestó: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? (Lc 22,48)

El mismo Pedro, su íntimo amigo, ante el peligro, dijo por tres veces que ni siquiera lo conocía (Lc 22,55-60). Jesús, ya maniatado, lo único que pudo hacer fue mirarle con dolor:
El Señor se volvió y fijó la mirada en Pedro. Entonces Pedro se acordó de que el Señor le había dicho: “Hoy, antes que cante el gallo, tú me negarás tres veces.” Y saliendo afuera lloró amargamente. (Lc 22,61-62)

Este sentimiento de soledad llegó a ser tan fuerte, que en la cruz se sintió abandonado por el mismo Dios: Jesús gritó con fuerza: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46)
Quizás ahora, después de haber recorrido algunos de los sufrimien­tos interiores de Cristo, las palabras de la carta a los Hebreos que pu­simos al comienzo de este apartado, toman una fuerza mucho mayor. Vale la pena meditarlas de nuevo.

3. El servidor de todos
Como acabamos de ver, Cristo vivió en carne propia todo lo que es sufrimiento humano. Pero dentro de esta solidaridad universal, él se sintió especialmente solidario de los sufrimientos de pobres: margina­ción, hambre, enfermedades… Vio mucha gente y sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles largamente… (Mc 6,34)

Me da compasión esta multitud, porque hace tres días que me acompaña. No tienen qué comer y no quiero despedirlos en ayunas para que no se desmayen en el camino. (Mt 15,32)

Tan profundamente sintió el dolor humano, que dedicó su vida a servir a todos, a aliviar sus penas y a enseñarles el camino de la libera­ción y la hermandad.

El Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida como precio por la salvación de todos. (Mt 20,28)
Yo estoy entre ustedes como el que sirve. (Lc 22,27)

Él mismo concreta así ésta su misión de servicio: El Espíritu del señor está sobre mí… Me envió a traer la Buena Nueva a los pobres. A anunciar a los presos su liberación. A devolver la luz a los ciegos. A liberar a los oprimidos. Y a proclamar el año de la gracia del Señor. (Lc 4,18-19)

Ante una pregunta de los discípulos de Juan el Bautista sobre si él era el Mesías esperado, Jesús se limita a hacerles ver lo que está ha­ciendo:Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los rengos andan, los leproso son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia la Buena Nueva a los pobres. ¡Y feliz quien no se escandaliza de mí! (Lc 7,22-23)

Un corazón abierto a todos
Jesús vivió siempre para los demás. Su existencia estuvo totalmente orientada al servicio de los otros. Él sirve a Dios sirviendo a los hom­bres. Era un hombre abierto a todos, sin conocer lo que es el rencor, la hipocresía o las segundas intenciones. A nadie cerraba su corazón. Pero a algunos se lo abría especialmente: los marginados de su época, los despreciados social o religiosamente. Les traía la esperanza a sus cora­zones desesperanzados. Les hacía ver el amor que Dios les tiene y su propio valor humano.

Les enseñaba a caminar hacia un mundo nuevo de hermanos. Anunciaba y conseguía la liberación de sus esclavitudes interiores, como camino necesario para llegar a la fraternidad universal. Realizó un verdadero servicio de concientización y de unión. Se entregó total­mente al servicio de los necesitados. Se dejó comer por sus hermanos, hasta el punto de que a veces no le dejaban tiempo para el descanso (Mc 6,31-33), ni aun para comer él mismo: Se juntó otra vez tanta gente, que ni siquiera podían comer. (Mc 3,20)

Vivió personalmente el amor a los enemigos, que había predicado (Lc 23,34-46; Mt 5,43). No censuraba a los que venían a él. Recibía todos los que se acercaban a él con sencillez.

No rechazaré a nadie que venga a mí. (Jn 6,37)

Recibía y escuchaba a la gente tal como se presentaba, ya fueran mujeres o niños, prostitutas o teólogos, guerrilleros o gente piadosa, ri­cos o pobres. En contra de las costumbres piadosas de su época, él no tiene problemas en comer con los pecadores (Lc 15,2; Mt 9,10-11). Anda con gente prohibida y acepta en su compañía personas sospecho­sas. No rechaza a los despreciados samaritanos (Lc 10,29-37; Jn 4,4-42); ni a la prostituta que se acerca arrepentida (Lc 7,36-40). Acepta los convites de sus enemigos, los fariseos, pero no por eso deja de decir­les la verdad bien clara (Mt 23,13-37). Lo mismo que sabe invitarse a co­mer a casa de un ricachón, Zaqueo, pero de manera que éste se sienta conmovido hasta el punto de que reparte la mitad de sus bienes a los pobres y paga el 400 por 100 a todo el que había estafado (Lc 19,1-10).

Procuraba ayudar a cada uno a partir de su realidad. Comprendía al pecador, pero sin condescender con el mal. A cada uno sabía decirle lo necesario para levantarlo de su miseria. Sabía usar palabras duras cuando había que usarlas y alabar cuando había que alabar, pero siempre con el fin de ayudar.

Lavar los pies a los hermanos
Jesús no tenía egoísmo, pues estaba lleno de Dios, y se volcaba en los hombres, sirviéndoles en todas sus necesidades. No era nada para sí, sino todo para los otros. Él fue la semilla de trigo que se entierra y muere para dar vida (Jn 12,24). Pasó entre nosotros haciendo el bien. Se mezcló sin miedo entre los marginados y los despreciados de su tiempo: enfermos de todas clases, ciegos, paralíticos, leproso, ignoran­tes. Y se desvivió por atenderlos y cuidarlos.

Esta su actitud de servicio total está maravillosamente caracterizada en el pasaje en el que se pone de rodillas delante de sus discípulos para lavarles los pies: Sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que de Dios había salido y que a Dios volvía, se levantó mientras cenaba, se sacó la ropa, se ató una toalla a la cintura, y echó agua en un lavatorio. Luego se puso a lavarles los pies a sus discípulos y se los secaba con la toalla. (Jn 13,3-5)

Cristo convertido en servidor de los hombres. Para sus propios ami­gos aquello era un escándalo (Jn 13,6-8). Pero es la imagen del Dios he­cho hombre por Amor a los hombres. Y es la imagen también de lo que debemos hacer todos los que queremos seguir las huellas de Jesús:
Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que ustedes hagan lo mismo que yo les he hecho. (Jn 13,14-15)

Seremos más personas humanas en la medida en que sepamos ser­vir y ser útiles al prójimo. En la medida en que nos vaciemos del egoísmo y dejemos sitio en el corazón para todo el que necesita de noso­tros.

El que quiera ser el primero, debe hacerse esclavo de los demás. (Mt 20,27)

4. Imagen de todo lo humano
Llevados de la mano de la Sagrada Escritura, vamos conociendo a un Jesús profundamente humano. No sólo compartió lo más humillante y doloroso de nuestra vida, sino principalmente todo lo bueno y noble que hay en el corazón humano. En Jesús se revelan todas las maravi­llosas posibilidades del ser humano. Vivió a pleno rendimiento los valo­res que Dios puso en nosotros desde la creación. Vino a enseñarnos a ser más personas, de acuerdo a nuestra dignidad de hijos de Dios. Vino a revalorizar todo lo que Dios puso en nosotros a su imagen y seme­janza.

Él es el camino a seguir para encontrarnos con nosotros mismos. Y, como veremos más adelante, no sólo el Camino, sino la Vida, la Fuerza que posibilita llegar a la meta. Él es para nosotros el prototipo del ver­dadero hombre que cada cual debe ser y todavía no lo es. Todo lo que es auténticamente humano aparece en Jesús.

El sentido común de Jesús
Jesús es un hombre de extraordinario buen sentido. Ve los hechos como son y los describe con sencillez. Parte siempre de la realidad con­creta. Usa la manera de hablar de la gente sencilla y normal. Va dere­cho al grano, sin rodeos, ni exageraciones. En cada momento sabe decir las palabras justas y necesarias; sabe cómo salir adelante airosamente. No se pone nervioso ante las intrigas o los malentendidos.

Nunca manda nada autoritariamente. A todo sabe darle su razón de ser, de manera que pueda ser entendido por los que le quieran enten­der. Sabe dar explicaciones sencillas al por qué de sus palabras. Sabe contar casos populares, que concretan maravillosamente sus enseñan­zas, como, por ejemplo, el caso del buen samaritano (Lc 10,30-37) o el del hijo derrochador (Lc 15,11-32). O realiza milagros de manera que se quede grabada en la mente de la gente la enseñanza que quiere dar; como la multiplicación de los panes, para explicar que él es el Pan de la Vida (Jn 6,5-13.32-58). O aprovecha el diálogo con la samaritana junto al pozo, para hablar del Agua Viva que él ha venido a traer (Jn 4,7-15). La resurrección de su amigo Lázaro (Jn 11) o la curación del ciego en el templo (Jn 9) le sirven como punto de arranque para instruir a los que le seguían.

Nunca da doctrina abstracta o al aire. Como buen obrero, usa len­guaje concreto, vivo, que toca en la llaga de los problemas. Su doctrina sale del trabajo y de las costumbres comunes de sus compatriotas, de los pájaros, las ovejas, el pan casero, la vela encendida, los pelos de la cabeza, la sal, la construcción de una casa, la siembra… Él no ve la voluntad de Dios solamente en la Sagrada Escritura, sino en la creación, en la historia y en las situaciones concretas de cada día. No pide tampoco una obediencia ciega a las costumbres de los antepa­sados. Su sentido común sabe hacer una criba de lo que tiene sentido en su época y de lo que no lo tiene. Insiste en que hay que entender “el tiempo presente”, como entendemos cuándo va a llover o cuándo va a hacer calor (Lc 12,54-57). Jesús es un gran observador de lo que piden las necesidades de su tiempo.

Su doctrina no traía novedades extravagantes. Hablaba de lo que todo el mundo sabe y quiere, pero que por las malas costumbres queda oscurecido. Su palabra es luz que alumbra la vida de hombres y muje­res, según nuestros más nobles ideales. La doctrina de Jesús sale de lo más profundo y lo más sano del corazón humano. Por eso sus palabras están tan llenas de sentido, que los sabios nunca acaban de estudiar­las; y a la vez son tan sencillas, que hasta los niños pueden entender­las.

Pero aunque su doctrina nace de lo común de la vida humana, al mismo tiempo abre un horizonte infinito de nuevas perspectivas y nue­vos valores humanos, como metas a conseguir a lo largo de la historia, y más allá de la historia.

Jesús sabe respetar a cada persona
Tiene un profundo respeto a cada persona en particular. A cada uno lo trata tal cual es, pues estima en él su dignidad humana, y no sus apariencias. Conoce bien los pensamientos íntimos de los hombres (Jn 2,25) y los juzga según sus intenciones.

Tampoco fuerza a nadie a seguirle. Siempre dirá: “Si quieres…” (Mt 19,17). Nos tiene demasiado respeto para obligarnos a algo. Se ofrece a sí mismo y espera paciente nuestro “sí”.
Él no peleará con nadie, ni gritará… No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que todavía humea. (Mt 12,19-20)

Jesús nunca es sectario. No se empeña en que nadie le siga a la fuerza. No permite que sus discípulos estorben a otros a hacer el bien, con el pretexto de que no son de “su partido”: No se lo impidan… Pues el que no está contra nosotros, está con nosotros. (Mc 9,39-40)

Es comprensivo
Su postura no es de prejuicio, ni de ataque, sino de comprensión. Nunca le engaña o le desconcierta una impresión pasajera. No confunde la maldad con la desgracia. Aprecia lo que hay de real y de verdadero en el amigo y en el enemigo, en el pecador, el creyente o el que no tiene fe. Todos se sienten acogidos por él, y por eso se le acercan confiados. Los pobres, los niños y los pecadores sienten que les entiende.

Nunca se presenta haciendo gala de superioridad, ni humillando con su postura a nadie. Conoce y penetra con simpatía todos los corazones que se le abren confiados, todos los que se sienten pequeños o fracasa­dos en la vida. Su corazón siempre tiende a mirar la mejor parte, a dis­culpar, a perdonar, a ayudar. Mientras otros encuentran razones para condenar, él las encuentra para salvar.

Su corazón siente las necesidades ajenas
Se siente conmovido ante el entierro del hijo único de una viuda, y se acerca a consolarla (Lc 7,12-15). Se compadece de los ciegos (Mt 20,34). Le duele el hambre de los que le seguían por los caminos (Mt 15,32), o el desamparo en que vivían: Viendo al gentío, se compadeció, porque estaban cansados y decaídos, como ovejas sin pastor. (Mt 9,36)

Le llegan al alma las muchas enfermedades de su pueblo: Al ver a tanta gente reunida, tuvo compasión y sanó a los enfermos. (Mt 14,14)

Siente profundamente el dolor de los amigos, hasta derramar lágri­mas, como en el caso de la muerte de Lázaro: Al ver Jesús el llanto de María y de todos los judíos que estaban con ella, se conmovió hasta el alma… Jesús lloró… Y conmovió interiormente, se acercó al sepulcro. (Jn 11,33.38)

Lloró también ante el porvenir oscuro y la ruina de su patria: Al ver la ciudad, lloró por ella y dijo: ¡Ojalá en este día tú también entendieras los caminos de la paz! (Lc 19,41)
Y se siente entristecido por los pueblos de Galilea que no aceptan la salvación que él les ofrece (Mt 11,20-24).

Jesús tiene un corazón sensible a todo dolor humano. Ante las mi­serias de sus hermanos no se hacía el fuerte, como si fuera alguien su­perior, a quien no llegan las menudencias diarias de los humanos.

Es un buen amigo
Le unió a diversas personas una amistad personal muy profunda. Sus discípulos son tratados como amigos (Lc 12,4), pues él les da a co­nocer todos sus secretos:
Les llamo a ustedes amigos porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre. (Jn 15,15)

Juan era su amigo más íntimo (Jn 13,23; 20,2; 21,7), a quien a la hora de la muerte encomendó a su madre (Jn 19,26). Lázaro y sus dos hermanas formaban la familia predilecta de Jesús. Entre ellos se sentía como en su casa (Mt 21,17), y le gustaba volver con frecuencia (Lc 11,38; Jn 11,17). Cuando Lázaro se enfermó, sus hermanas le manda­ron llamar con toda confianza (Jn 11,3).

Le unía también una sincera amistad con varias mujeres, que le se­guían y les alimentaban a él y a sus discípulos (Lc 8,3). Ellas son las que dan la cara valientemente en el momento de su muerte (Lc. 23,49), cuando los discípulos se habían escondido por miedo; y las que se pre­ocupan de su sepultura (Lc 23,55-56). Aceptaba también invitación a las fiestas de sus amistades (Lc 7,36; Jn 12,2), como en el caso de las bodas en Caná (Jn 2,1-10).

Jesús es el amigo de todo el que quiere acercarse a él con sinceri­dad, sea quien sea. Él ha dado la mayor prueba de amistad: la propia vida (Jn 15,13). Por eso no le cierra el corazón a nadie.

Es constante en sus ideales
La constancia de Jesús en mantener su entrega es admirable. Sufrió pruebas y crisis como las podemos pasar cualquiera de nosotros. Quizás en mayor grado aún. Pero las dificultades nunca lograron ha­cerle salir del camino de su vocación. Los altibajos naturales de la vida le hacían conocer cada vez más a los hombres y le obligaban a profun­dizar en la misión que le había encomendado el Padre. Sus crisis siem­pre fueron superadas en la fe y en la aceptación del dolor redentor. Nunca se dejó llevar por la amargura o por una visión pesimista del mundo. No se queda paralizado por la angustia de la existencia del mal entre los hombres, sino que pasa directamente a combatirlo por medio del Amor, con fe en el Padre, que es siempre bueno.

A veces le oprime el fracaso, pero no le desalienta. La contradicción puede alterar sus planes, pero no quebrantar sus esfuerzos. Engaños, falsedades, asechanzas, hipocresías, amigos engañosos, compañeros infieles o tímidos, fracasos…, nada le hace dar marcha atrás. En cual­quier circunstancia, es siempre el mismo. Pasa haciendo el bien por to­das partes, dando testimonio de la verdad, consciente de que ello le va a costar la vida. Sus propios enemigos confesaron esta veracidad y cons­tancia de su vida:
Maestro, sabemos que hablas siempre con sinceridad y que enseñas el camino de Dios de acuerdo a la más pura verdad, sin preocuparte de quien te oye, ni de qué esperan de ti. (Mt 22,16)
Tiene seguridad de sí mismo
Jesús tiene una maravillosa firmeza y seguridad de sí mismo. Es un hombre inquebrantable, pero sin sombra de dureza o altanería. Está íntimamente unido a su Padre Dios y, como veremos en seguida, la vo­luntad del Padre es la suya. Aunque al principio no viera claro, en el fondo de su corazón siempre sabe lo que quiere y a dónde va. El Amor al Padre le mantiene firme en su vocación, siempre en búsqueda, pero seguro, sin retroceder, ni pactar con nadie.

No le hacen cambiar de idea, ni los deseos favoritos del pueblo, ni las consignas de las clases dirigentes. Y al final de su vida, ni la apos­tasía de las masas, ni el deseo de los jerarcas de liquidarlo. Heroicamente se enfrenta con unos y con otros siempre que hace falta. A sus mismos familiares sabe responder con franqueza y seguridad en sí mismo, cuando intentan cuestionarle el camino emprendido. Ya a los doce años da una respuesta clara a las lágrimas de su madre: ¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que tengo que preocuparme de los asuntos de mi Padre? (Lc 2,49)

Acalla con energía las protestas de Juan, que por humildad no le quiere bautizar: Haz lo que te digo; porque es necesario que así cumplamos lo ordenado por Dios. (Mt 13,15).

Ataca con fuerza la buena voluntad de Pedro, que le quiere sacar de la cabeza la aceptación de su muerte violenta: Quítate de delante de mí, Satanás. ¿Tú ahora me quieres desviar? No piensas como Dios, sino como los hombres. (Mt 16,23)

Y a Pedro le dice, cuando no quería consentir que le lavara los pies: Tú no puedes comprender ahora lo que yo estoy haciendo. Lo comprenderá después… pero si no te lavo, no tendrás parte conmigo. (Jn 13,7-8)

Siempre es firme y claro en sus juicios. Habla en todo momento “como quien tiene autoridad” (Mc 1,22).

Habla con claridad y valentía
La amabilidad extrema de Jesús no le impide hablar claro y ser duro, cuando es necesario. Tuvo palabras fuertes cuando trató con per­sonas de malas intenciones, sobre todo con los hipócritas. A la gente de doble cara no vacila en llamarles “serpientes, raza de víboras, sepulcros pintados” (Mt 23). A esta clase de gente Jesús “los miró enojado y ape­nado por la dureza de sus corazones”. (Mc 3,5).

Son ciegos que guían a otros ciegos. (Mc 15,12)

¡Ay de ustedes, fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de todo, sin olvidar la menta, el anís y el comino, pero no cumplen lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Éstas son las cosas que debieran observar, sin descuidar las otras. ¡Guías ciegos! ¡Cuelan un mosquito, pero se tragan un camello! (Mt 23,23-24)

Esta clase de gente no puede creer, porque viven esclavizados al qué dirán y al vano honor del mundo: ¿Cómo pueden creer ustedes, si viven pendientes del honor que se prodigan el uno al otro, en vez de buscar sólo la gloria que viene de Dios? (Jn 5,44)

Jesús les ataca no sólo individualmente, sino también como grupo social gobernante, que desprecia y explota al pueblo sencillo. No podía tolerar que usaran el poder para aprovecharse de la buena fe de los po­bres. Por eso echó a latigazos a los mercaderes del templo.
¿No dice Dios en la Escritura: Mi casa será casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones. (Mc 11,17)

Es muy duro cuando habla de los ricos que viven para su consuelo, se encuentran satisfechos, lo pasan bien y buscan por todos los lados su buena fama (Lc 6,24-26). Esa clase de gente no puede entrar en su Reino (Lc 18,24-25). Ataca sin piedad a los ricos que sólo se preocupan de acumular riquezas para sí mismos (Lc 12,16-21) o a los que saben banquetear sin importarles nada de los pobres que viven cerca suyo (Lc 16,19-31). Éstos son, según él, los “malditos” para quienes está prepa­rado “el fuego eterno”, porque no se preocuparon de la suerte de los hambrientos, de los que viven sin techo, de los que se enferman por falta de ropa o de la debida atención médica, de los que están privados de su libertad (Mt 25,41-43).

No se puede servir al mismo tiempo a Dios y al dinero. (Lc 16,13)

Sabe exigir
Como hemos visto, Jesús fue duro con los hipócritas y los egoístas. Pero fue exigente con todos. Primeramente consigno mismo. Y después con todo el que quiso seguirlo voluntariamente: El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. (Mt 16,24)

El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que la pierda, la conservará. (Lc 17,33)
A los que se ofrecen para seguirle, les pone condiciones muy duras (Lc 9,57-62): Todo el que pone la mano en el arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios. (Lc 9,62)

A un joven rico le pidió repartir sus bienes entre los pobre, como condición para poder seguirle y alcanzar la Vida Eterna (Lc 18,18-23). Dice con claridad que a cada cual se le va a exigir según los “tesoros” que haya recibido, o sea, según sus cualidades (Lc 19,11-26; Mt 25,14-30), pues él es un “hombre exigente” (Lc 19,20).

No es digno de mi quien ama a su padre o a su madre más que a mí… No es digno de mi el que no toma su cruz y me sigue. (Mt 10,37-38)

Su amor a los hombres no es sensiblero, de manera que le impida ver los defectos o exigirles con virilidad un seguimiento incondicional a su persona. Afirma con claridad que no basta rezar, predicar o creer que se hacen milagros en su nombre, si no hacemos las obras que él hizo (Lc 13,25-27; Mt 10,33): No basta con que me digan: Señor, Señor, para entrar en el Reino de los Cielos, sino que hay que hacer la voluntad de mi Padre que está en el cielo. En el día del juicio muchos me dirán: Señor, profetizamos en tu nombre, y en tu nombre arrojamos los demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros. Yo les diré entonces: No les reconozco. Aléjense de mí todos los malhechores. (Mt 7,21-23)

El pueblo se sentía atraído por él
Este hombre exigente y bondadoso, duro y comprensivo, tenía un atractivo personal que arrastraba tras de sí a todo el mundo. La gente le seguía a todos lados. A pesar de la sencillez de su vida, su presencia infundía respeto y confianza, admiración, asombro, entusiasmo. Juan Bautista se queda impresionado en su primer encuentro con Jesús (Mt 3,14). Andrés y Juan le siguen sólo con verlo (Jn 1,35-40); y hablan después de él con tal entusiasmo a su grupo de amigos, que en cuanto ellos se encuentran también con él, le siguen sin vacilaciones (Jn 1,41-51). Basta una indicación suya para que dejen sus bienes y a sus pa­dres y se vayan tras él (Mt 4,18-22; 9,9). Y una vez en que Jesús les preguntó si querían abandonarle, contestaron consternados:
Señor, ¿ a quién iríamos? Tú tienes palabras de Vida Eterna. (Jn 6,68)

La gente se le ofrece incondicionalmente: Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas. (Mt 8,19)

Un capitán del ejército romano se humilla ante él con un respeto sumamente delicado, pues no se considera ni digno de recibirlo en su casa (Mt 8,5-10).

“Los discípulos quedaron llenos de temor y admiración” (Lc 8,25) ante la serenidad con que domina una tormenta en el lago. “Cayeron de bru­ces en tierra” (Mt 17,6), cuando él se transfiguró ante ellos. “Los Doce estaban sorprendidos” (Mc 10,32) de continuo ante aquel Hombre que hablaba con toda serenidad de la muerte violenta que le aguardaba. Todos quedaban maravillados ante sus enseñanzas y sus prodigios: Nunca se ha visto algo parecido en nuestro país. (Mt 9,33)
Hemos visto cosas extraordinarias. (Lc 5,26)

Todo lo ha hecho bien. Hace que los sordos oigan y que los mudos hablen. (Mc 7,37)
¡Qué modo de hablar! ¿Con qué poder manda a los demonios y los hace salir? (Lc 4,36)
¿De dónde le viene tanta sabiduría y ese poder de hacer milagros? (Mt 13,54)

No era de extrañar que su fama se extendiera por toda la región (Lc 4,37). Hasta la propia policía, que iba en busca de él con la orden de arresto, quedó paralizada ante el arrastre personal de su palabra: Nunca un hombre ha hablado como este Hombre. (Jn 7,46)

El gobernador Pilato se siente nervioso y con miedo ante él (Jn 19,8-12); y algo parecido le pasa a su mujer (Mt 27,19). El propio capitán del piquete que le había ejecutado, al ver la dignidad con que había muerto, exclamó: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. (Mc 15,39)

Después de esta larga reflexión sobre la humanidad de Jesús, tenemos que confesar que en verdad se hizo uno de nosotros: compartió nuestras penas y nuestras alegrías, todo en un grado extremo. Fue un hombre perfecto, servidor incondicional de sus hermanos. Un verdadero compañero. Aceptémosle como hombre, tal como él quiso presentarse: un hermano, que comparte nuestra vida sufriente y frágil. Pero al mismo tiempo este hermano es Dios, que nos abre, por consiguiente, un horizonte infinito de esperanza.

Autor: José Luis CaraviasCristo, nuestra esperanza


El Señor les bendiga

El Señor les bendiga

martes, septiembre 23, 2008

DA GRACIAS A DIOS...

Da gracias por la vida misma, aunque la tuya no sea la más perfecta. Dios te la dio y el tenerla es ya un milagro. Aprende a valorarla para hacerla llevadera. No hagas de ella algo vano y vacío.

Da gracias por el aire que respiras, es tan natural y vital y ni cuenta te das de que sin él con seguridad no vivirías. Por cada respiro que des, recuerda y ten presente que Dios lo creó pensando en ti.

Da gracias por la luz del sol, es la que te permite ver el día en esplendor. La que da vida a la hermosura de la creación, y da calor a los seres vivos de la tierra.

Da gracias por la noche, Dios la hizo para darnos descanso, para que la tierra repose del afán del día. Es cuando realmente puedes relajarte y meditar, para poder reponer fuerzas para seguir adelante.

Da gracias por el agua que cae del cielo, Dios la envía para hacer de nuestro suelo uno fértil y productivo, y es la misma agua que al estar sedientos calma nuestra sed.

Da gracias por las pruebas que llegan a ti, no te lamentes cuando éstas llegan, mas bien tómalas de un modo positivo. Las pruebas purifican tu espíritu, y te hacen más fuerte para enfrentarte a la vida.

(Anónimo)

El Señor les bendiga

Dios te hizo…

Dios te hizo diferente, no indiferente.
Dios te hizo extraordinario, no ordinario.
Dios te hizo significante, no insignificante.
Dios te hizo competente, no incompetente.
Dios te hizo, compatible, no incompatible.
Dios te hizo activo, no inactivo.

Dios te hizo indispensable, no prescindible.
Dios te hizo perfecto dentro de tu humilde humanidad, no defectuoso.
Dios te hizo apto, no inepto.
Dios te hizo distinto, no indistinto.
Dios te hizo adecuado, no inadecuado.
Dios te hizo eficiente, no ineficiente.

Dios te hizo superior a las demás criaturas de la tierra, no inferior.
Dios te hizo responsable, no irresponsable.
Dios te hizo solvente, no insolvente.
Dios te hizo sensato, no insensato.
Dios te hizo eficiente, no deficiente.
Dios te hizo constante, no inconstante.

Dios te hizo perspicaz, no malicioso.
Dios te hizo irresistible, no resistible.
Dios te hizo sensible, no insensible.
Dios te hizo extraordinario, no común.
Dios te hizo decidido, no indeciso.
Dios te hizo original, no una copia.

Valora las bellas cualidades que el Señor dentro de su gran misericordia te ha regalado:
DIOS NO HACE PORQUERIAS, DIOS TE CREÓ A TI POR TANTO TÚ ERES BUENO E IMPORTANTE

El Señor les bendiga

El Señor les bendiga

miércoles, septiembre 17, 2008

Esta es mi fé

Crei por lo cual hablé esta es tu voluntad para mi
que yo crea en Ti,
si que crea en Ti.
Sé que en tu nombre hay poder
esta es tu voluntad para mi
, que yo crea en Ti,
si que crea en Ti.

A veces atribulada sin angustiarme,
en apuros sin desesperarme,
perseguida nunca desamparada,
derivada, pero, jamas destruida.

CORO:
Porque esta es mi fe yo volaré
las montañas más altas seguras,
los problemas producen en mi mas excelente eterno peso de gloria,
Porque esta es mi fe yo cruzaré
el mar recio que oculta el camino,
detras de mi Señor Jesucristo iré y lo cruzaré,
porque esta es mi fe.
aleluya, esta es mi fe.

Yo creo en mi fe Católica y no renuncairé a recibir a Jesús en cuerpo y Sangre
El Señor les bendiga
Interpretada por Egleida Belliard

Salmos...


martes, septiembre 16, 2008

La Eucaristía

Es uno de los siete Sacramentos de la Iglesia. La eucaristía es el Sacramento que más veces recibirás en tu vida, el más necesario y obligatorio pues es el mismo Jesús que nos manda a recibirlo.

En la Eucaristía está la presencia real del cuerpo y sangre de Cristo. La Eucaristía es el sacramento en el cual, bajo pan y vino, está Jesucristo presente y vivo, para que entremos en Común-unión con Él y los hermanos.


La Eucaristía es un símbolo comunitario, no está unida a un lugar determinado, como vemos en Hechos de los Apóstoles 2, 46-47.


La Eucaristía es palabra griega y significa Acción de Gracias. En esencia es Sacrificio, acción de gracias, banquete, recuerdo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. La Eucaristía es la nueva pascua de los cristianos.


Cristo Funda la Eucaristía para quedarse en el futuro, con toda la humanidad, la tarde del jueves que llamamos sus seguidores Jueves Santo, en una cena con sus discípulos, que recordaban cada año la Pascua del Señor. La participación de la Santa Cena es un recordatorio del sacrificio de Cristo. La presencia espiritual de Cristo se implica en la Santa Cena. (Lucas 22:19-20; Juan 6:35; I Cor 11:26)".

Jesús la constituyó cuando pasó como dice la sagrada escritura:

Tomó pan, dando gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
"TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS."

Acabada la cena tomó el vino y dando gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:"TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN RECUERDO MÍO."

'La iglesia Católica ha ofrecido siempre y todavía ofrece al sacramento de la Eucaristía el culto de adoración, no sólo durante la Misa, sino fuera de ella, reservando las hostias consagrada con sumo cuidado, exponiéndolas a la solemne veneración de los fieles, y cargándolas en procesión'. La iglesia católica dedica los jueves a la adoración del Santísimo, es decir de la santa eucaristía para recordar que se fundó el día de Jueves Santo. El día De Corpus Christi Celebramos la fiesta que recuerda la grandeza del Cuerpo de Cristo. Ese día los católicos sacamos de las Iglesias a Jesús-Hostia por las calles de la ciudad, para recordar y celebrar a Jesucristo.

La celebración de la Eucaristía es la gran fiesta de la vida cristiana. La Eucaristía conlleva la vida compartida con los hermanos en: comunidad, solidaridad, fraternidad, libertad e igualdad. La Eucaristía es la experiencia del pan que se comparte simbolizando el amor y la unidad. Aconsejable recibirlo por primera vez, cuando el niño sea consciente de lo que está haciendo. La Eucaristía es el sacramento que más veces se recibe en la vida. La Eucaristía es compartir la vida con Jesús, los pobres y desgraciados del mundo.

Recibiendo la Eucaristía pertenecemos al mismo cuerpo que Jesús. La Comunión es la identificación de vida con Cristo, hacer lo que Él hizo y vivir como Él vivió. Ama a los demás como Jesús hasta la muerte.

La Eucaristía no es un rito que tiene sentido por él solo y al margen de la vida de los que participan. Es necesario sentirse en comunión con Jesús, identificados con su Persona y Obra que es la Iglesia.


OJO: No todos pueden acercarse a recibir la Eucaristía, se necesita cumplir unas normas que ha fijado la Iglesia: Estar en Gracia de Dios, o sea no tener pecado grave, aceptar a Jesús que se va a recibir, ayuno eucarístico, no comer, beber ni masticar chicle, desde una hora antes. En caso necesario sí se puede tomar agua. Las personas enfermas no han de cumplir estas normas del ayuno eucarístico. Pero Cuando no es posible recibir a Jesús Sacramentado, podemos hacerlo de forma espiritual en nuestro corazón.


No se puede recibir a Jesús sacramentado: por estar en pecado grave, por no tener oportunidad de recibir la Confesión, no haya presbítero para celebrar la Misa, por estar en unión libre no casado por la iglesia.

OJO: La eucaristía no es para tomarse por rutina,

PARA REFLEXIONAR:

El Catolicismo no es el único grupo que hace esto. Algunos de los hermanos esperados, en algunas de sus congregaciones y los que son conscientes de la institución de la eucaristía hecha por el propia Jesús, comulga una vez al año, otros un vez al mes, lo que confirma que la eucaristía es de Jesús…. ¿Por qué no recibirla por lo diario o por menos una vez a la semana como hacemos los católicos?

ALGUNAS CITAS BILICAS QUE CONFIRMAN LA EUCARISTÍA
Jn. 6:53: "De cierto, os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros"


Jn. 6:54:"El que come mi carne y beb mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré eñ último día"

Lc 22,19-20: "Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama".


Jn 6,35: "Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás".


1Cor 11,26: "Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga".

Mat. 26, 26-30. La Santa Cena

Mc. 14, 22-24 La Santa Cena

Lc. 22, 19-20 La Santa Cena

1 Cor. 11, 22-30
11:22 Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo.11:23 Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; 11:24 y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. 11:25 Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. 11:26 Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.11:27 De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. 11:28 Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. 11:29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. 11:30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.

Fuentes: LA BIBLIA

El Señor les bendiga

Fundamentos bíblicos de los Santos Sacramentos Católicos

Muchos de los hermanos separados critican a la iglesia católica por los sacramentos, por la devoción (respeto) a la Virgen María y por muchas otras de sus prácticas aquí esperamos hincar la defensa de LA IGLESIA FUNDADA POR EL PROPIO JESUS con Pedro a la cabeza:

Para que no nos dejemos confundir aquí iniciamos la etapa de defensa de nuestra fe católica, la fe de Cristo Jesús, quien nos formó y si no estuviéramos haciendo lo que Dios quiere cómo es que hemos podido durar tantos siglos, la iglesia más antigua…. Analicemos lo siguiente:

En esta oportunidad trataremos de los Fundamentos bíblicos de los Santos Sacramentos Católicos:

Los sacramentos católicos son siete (7)

1- Bautismo
2- Confirmación
3- Penitencia o Reconciliación (confesión)
4- Comunión o Eucaristía
5- Orden Sacerdotal
6- Matrimonio
7-Unción de los enfermos

Fundamentos Bíblicos

1-Bautismo:
“Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id pues, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. (Mt. 28, 18-19).

2-Confirmación:
“Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran al Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían al Espíritu Santo”. (Hech. 8, 15-17; 19, 5-6).

3-Reconciliación:
Después de la Resurrección estaban reunidos los apóstoles – con las puertas cerradas por miedo a los judíos – se les aparece Jesús y les dice: “La paz con vosotros. Como el Padre me envío, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedaran perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. (Jn. 20, 21-23)

4-Eucaristía:
Después, tomo el pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio, diciendo:”Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Después de la Cena, hizo lo mismo con la copa. Dijo:”Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que va a ser derramada por ustedes”. (Lc. 22, 19-20)

5-Orden sacerdotal:
“La paz con vosotros. Como el Padre me envío, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedaran perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. (Jn. 20, 21-23)

“Hagan esto en memoria mía”. (Lc 22, 19)

6-Matrimonio:
“No habéis leído, como Él que creó al hombre al principio, lo hizo varón y mujer? Y dijo: por ello dejará a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne”. (Mt. 19, 4-5).
“Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. (Mt. 19, 6).

7-Unción de los enfermos:
“que en Su nombre……. impondrán las manos sobre los enfermos….” (Mc. 16, 17-18).
“¡Sanad a los enfermos!” (Mt. 10, 8).

Sin comentarios...
El Señor les bendiga

viernes, septiembre 12, 2008

Él busca adoradores en espíritu y verdad

Juan 4; 24
Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como Él mismo los quiere. Dios es Espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.

Esta bellísima canción de misionero Johnny Helena, Dominicano radicado en Texas en E. UU. titulada "Él Busca Adoradores" expresa de una manera hermosa y sublime el mensaje de este evangelio:

Él Busca Adoradores
Él Busca adoradores en espíritu y verdad, yo le adoraré
Él quiere de mí un verdadero adorador y le adoraré

Dame la actitud de un verdadero adorador, que quiero adorarte
Él quiere de mí un verdadero adorador y le adoraré
Él Busca adoradores en espíritu y verdad, yo le adoraré

Adórenle, adórenle, adoren al Señor
Adórenle, adórenle, adoren al Señor.

¿Por qué ser adorador?
Porque el ser humano fue creado para adorar a Dios, para tener comunión con Dios y para glorificar a Dios en su vida.

¿Qué es ser adorador?
Es cumplir con las características de adorador del Señor. Es ser hijo y testigo de Dios, reconocer su grandeza y su poderío, su omnipotencia, su inmensidad, reconocerlo como único Señor nuestro y Salvador, redentor del mundo, único Señor de señores y Rey de reyes.

Características del Adorador
1- Haber entregado su vida a Jesucristo como Señor y Salvador (Juan 3:4-7)
2- Conocedor del propósito dicho para el hombre (Efesios 1:12 y Romanos 8:29)
3- Tener un corazón humilde, un corazón como el de Dios (I Samuel 13:14)
4- Anhelar la presencia de Dios (Éxodo 33:15)
5- Una vida de santidad para con Dios (I Tesalonicenses 4:3)
6- Tener un corazón sincero (Hebreos 10.22)

¿Qué es Adoración al Santísimo?
Es reconocer la santísima presencia de nuestro Señor Jesucristo en la Sagrada Ostia consagrada. Reconocer y adorar a Dios en su divina presencia en la sagrada ostia.

Cristo te ama en espíritu y verdad por eso busca adoradores que honren ese sentimiento
Cristo te ama en espíritu y verdad, búscalo y veras que al fin, la paz encontrarás y todo cambiará. Solo tu no puedes ayudar tocando nuestro pobre corazón para poder sentir la necesidad, de creer en ti señor.

Fuentes: www.buenasnuevasparaelmundo.com, www.adorador.com,

El Señor les bendiga

El Señor les bendiga

El viaje de los ángeles

Dos Ángeles viajeros se pararon para pasar la noche en el hogar de una familia muy adinerada. La familia era ruda y no quiso permitirles que se quedaran en la habitación de huéspedes de la mansión. En vez de ser así, a los Ángeles le dieron un espacio pequeño en el frío sótano de la casa.

A medida que ellos preparaban sus camas en el duro piso, el
Ángel más viejo vio un hueco en la pared y lo reparó. Cuando el Ángel más joven preguntó ¿por qué?, el más viejo le respondió, "Las Cosas no siempre son lo que parecen."

La siguiente noche, el par de
Ángeles vino a descansar en la casa de un señor y una señora, muy pobres, pero el señor y su esposa eran muy hospitalarios. Después de compartir la poca comida que la familia pobre tenía, la pareja les permitió que durmieran en su cama donde ellos podrían tener una buena noche de descanso.

Cuando amaneció, al siguiente día, los
Ángeles encontraron bañados en lágrimas al Señor y a su Esposa. La única vaca que tenían, cuya leche había sido su única entrada de dinero, yacía muerta en el campo. El Ángel más joven estaba furioso y preguntó al más viejo, ¿cómo pudiste permitir que esto hubiera pasado? El primer hombre lo tenía todo, sin embargo tú lo ayudaste; El Ángel más joven le acusaba. La segunda familia tenía muy poco, pero estaba dispuesta a compartirlo todo, y tú permitiste que la vaca muriera.

"Las Cosas no siempre son lo que parecen," le replicó el
Ángel más viejo. "Cuando estábamos en aquel sótano de la inmensa mansión, yo noté que había oro almacenado en aquel hueco de la pared. Debido a que el propietario estaba tan obsesionado con avaricia y no dispuesto a compartir su buena fortuna, yo sellé el hueco, de manera tal que nunca lo encontraría."

"Luego, anoche mientras dormíamos en la cama de la familia pobre, el ángel de la muerte vino en busca de la esposa del agricultor. Y yo le di a la vaca en su lugar. “Las Cosas no siempre son lo que parecen."

Algunas veces, eso es exactamente lo que pasa cuando las cosas no salen como uno espera que salgan.
Si tú tienes fe, solamente necesitas confiar en que cualesquiera que fueran las cosas que vengan, serán siempre para tu ventaja. Y podrías no saber esto hasta un poco más tarde …

Algunas personas vienen a nuestras vidas y rápidamente se van… Algunas personas se convierten en amigos y permanecen por un tiempo... dejando huellas hermosas en nuestros corazones... y nunca volvemos a ser igual, porque hemos hecho un buen amigo!!

Ayer es historia. Mañana un misterio. Hoy es un regalo. Es por ello que es llamado el presente!

Creo que esta vida es especial... vívela y saborea cada momento...


Fuente: Pendiente
El Señor les bendiga